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6 dic. 2012

Viaje a ninguna parte...

JAVIERARAGON - JAVIER ARAGÓN, EL viernes, 7 DE diciembre DE 2012


Your Attention, Please… Más o menos, con esa pronunciación que acaba siendo la voz institucional que nos lo cuenta todo, hasta los documentales, la jefa de azafatas va desgranando las instrucciones de vuelo y las comodidades de la cabina, todos sus servicios e impedimentos, una y otra vez, en al menos dos o tres idiomas, cada vez que me toca viajar en avión y he de abrocharme el cinturón. 

Mientras, otra azafata escenifica las acciones y señala los puntos de emergencia no sin antes asegurar bien su mirada fija en el fondo de la cabina y tratar de esbozar un gesto incorruptible entre el que, en ocasiones, me ha parecido descubrir una ligera sonrisa de vergüenza o el despertar de un rubor de inseguridad.

Como otras veces, hoy he pensado que el cómodo sillón es mi asiento en un Super-Constellation, el mismo aparato en el que una noche, con tres horas de retraso, se inicia la novela de Max Frisch, Homo Faber, fuera de pista en algún aeropuerto cercano a Nueva York y en medio de una borrasca de nieve, en el centro de la ventisca. Cuando todo esto pasaba por mi mente sentía el tumulto con el que se replegaba el tren de aterrizaje bajo mis pies y me reconcilió imaginar que fui yo quien dispuso que apagaran las luces de despegue al remontar la altura conveniente.

Seguidamente, me he descubierto en alguna ocasión pensando que el piloto debería desconectar la radio, que debería cortar las comunicaciones con la torre de control y accionar los mandos que hacen que la máquina funcione no ya de manera automática sino por control remoto: en ese momento, cuando me arrellano en el asiento, siento que puedo adueñarme de la nave y marcar los derroteros que seguirá nuestra velocidad de crucero hasta comenzar a descender en un punto exacto del trayecto.

Como sé que esto es poco probable, mi resignación me lleva a ordenar en la mesita un cuaderno que, imagino, posee todas las cartas de navegación —que yo prefiero de marear, de sobrellevar y sortear mareas, aunque sean las del viento y sus corrientes— y algunos libros. No pasa un rato cuando, enfrascado como estoy en el cálculo de mis mareos, desisto de tomar el puesto del piloto y busco un descanso entablando una conversación con alguno de mis compañeros de asiento, por ejemplo, aquel que en uno de mis viajes acabó relatándome la extraña proposición a futuro que le acababan de hacer, unos meses antes, para pintar un cuadro con las cenizas de un amigo cercano. La cuestión no dejó de sorprenderme —ahora que lo recuerdo y entonces— creo que debido a su tono y a que la anécdota va unida en mi memoria a uno de los ‘me acuerdo’ que componen la particular autobiografía enigmática de Georges Perec, el trescientos tres: Me acuerdo de lo que me costó comprender lo que significaba la expresión «sin solución de continuidad».

Hoy, sin embargo, mientras sobrevuelo el océano bordeando algún continente camino de un Sur inexistente, no puedo dejar de preguntarme qué habrá sido de aquel pintor y si ya habrá tenido que responder al encargo. Y lo hago al tiempo que trazo líneas imaginarias como conectores que establecen relaciones entre lugares distantes entre sí, sobre el mapa, unas líneas tensas y decididas que describen hipotéticas trayectorias, que encierran paradójicas geometrías. Manipulo dibujos que son trazos con los que juego a continuar la labor de aquellos renacentistas que definieron el espacio y su representación cartográfica, pero me revelo, no trato de seguir sus mismas reglas. Si hubiera alguna regla estaría configurada por una sintaxis y una semántica a la deriva, de aplicación diferente, simulando una naturaleza paranormal, al menos anómala, pues las líneas no se concentran para definir un objeto ni un lugar, sino que se proyectan para demarcar su presencia dispersa como si prolongáramos al infinito los bordes y ángulos de una caja de cartón replegada sobre sí misma.

Así todo el vuelo, que me paso musitando al papel estas notas como Glenn Gould iba cantando las suyas, en un susurro melódico y brutal, al oído de las teclas del piano al que tocaba. (Por un momento he pensado que radiaba indicaciones de posición a la torre de control más alejada del mundo.)

Y así, si este aparato pudiera volar más alto —estoy seguro— desde este asiento trataría de tomar los mandos para que nos saliéramos de la ruta establecida, estaría pendiente de buscar en sus márgenes, de ahondar en los límites, aun con miedo a que nos estrelláramos contra cualquier frontera invisible. Si supiera cómo hacerlo, en cada vuelo daría la vuelta y volvería a empezar siguiendo los diseños de mis cartas de marear, haría desaparecer el engaño ocultando los errores de mis lecturas en el centro de cualquier banco de niebla, aturdido por las turbulencias; iría hasta el fondo de una nube tan compacta que pareciera que no conseguiríamos atravesarla, para allí detener los motores y comprobar la levedad del peso, la des-articulación de las formas, sin solución de continuidad.

De ser cierto, estas líneas de fuerza que se trazan fluorescentes en las cartas serían las mismas cuerdas tensas que me permitirían manejar el aparato a distancia, desde mi asiento, más allá de la lógica previsible del vuelo, tan lejos de los medidores, para buscar las antípodas, saltando al vacío por el hueco de la ventanilla; para buscar el lado contrario, desapareciendo en los márgenes de una tecnología quizás rudimentaria, tanto como dejar que la brisa nos impulse al henchir las velas de cierta goleta en el Mar Egeo.

Pero parece que no. Ahí abajo se divisan puntos y líneas de luz en la ciudad como si fueran tendidos de neones que pintan el mundo, que iluminan el paisaje con sus rótulos. Y ahora que descendemos hacia la pista, las nubes sugieren manchas y dispersiones sucias, como de polvo, que flotan veladas y comprimidas entre las balizas y el techo del horizonte de un sueño.

Nuestro aparato acaba de tomar tierra y se aproxima al muelle de descarga cuando de nuevo la voz del avión me contradice… Gracias por elegir nuestra compañía y esperamos que hayan disfrutado del viaje. Son las --:-- en ---, hora local, y la temperatura es de 19º. El capitán y su tripulación les desean una feliz estancia.

Feliz puente people! ;-)

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