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14 ene. 2012

De toda la vida...

@JAVIERARAGON - JAVIER ARAGÓN, EL SÁBADO, 14 DE ENERO DE 2012

2012 comenzó con un suspiro, una sonrisa, un adiós y un regalo, ahora días después de disfrutar del descanso entre familia y algunos amigos, medito sobre ¿Tareas pendientes? El año ya hizo su entrada y con él las tareas pendientes, entre ellas restando una nota del día de reyes, tenía pendiente actualizar el blog, llevo días dándole vueltas a esto, pues por suerte o por desgracia a un servidor le pasan tan ingente cantidad de cosas cada día que a veces dudo sobre que escribir. La mayoría de los días en los últimos años escribo algo, a veces lo público en el blog, Facebook o Twitter pero lo más común es que lo guarde en una carpeta que titule hace un tiempo como ‘Notas de mi vida’ y en la creo que probablemente lo mejor queda ahí escrito.

También he estado divagando sobre el asunto del concepto blog en cuanto a ‘Los Tweets Deben Fluir ‘se refiere, y es que a veces creo que escribo cosas que tan solo yo entiendo por mucho que lea comentarios de gente que dice sentirse tan identificada en los textos… En el segundo año de blog intentaré darle más contexto a las entradas que escriba, darle mas razonamiento, intentaré dedicarle más tiempo, leer más sobre aquello de lo que me plantee escribir para que el concepto blog también en mi caso sea un referente y no una atadura que me aprisione cada vez que quiera o desee escribir sobre algo.

Dicen en China que crisis es sinónimo de oportunidad, y por ello utilizan palabras muy similares para hablar de ambos conceptos. Aunque la relación pueda parecer arriesgada a la luz de los desoladores datos que arroja la primera plana de los medios en estos tiempos, lo cierto es que, para algunos comercios y empresarios las oportunidades crecen al mismo ritmo que el paro y suben al tiempo que baja el consumo general. 

De pronto la noche del pasado jueves apareció un tema del que escribir, un tema que me resulta lo bastante relevante como para dedicarle unas cuantas líneas, como en el titulo de la canción de Jorge Drexler, en la vida “Todo se transforma” y así, esto mismo pasa con los negocios y tiendas de toda la vida, farmacias, mercerías, librerías, cafés… Pequeños establecimientos regentados en ocasiones por generaciones de una misma familia, un sinfín de negocios que cada día tienden a desaparecer de nuestras ciudades y pueblos.

Aprovechando un rato libre en la tarde noche del jueves y antes de la cena estuve intercambiando algunos tweets con otros usuarios y surgió el tema en uno de ellos, {@Belategui} Oskar Belategui periodista especializado en Cine tuiteaba que la única tienda especializada en cine de todo Bilbao 'Va de Cine' echaba el cierre. Y ahí es donde comenzó mi debate interno.

Hace unos meses cuando volvía a casa, pasé por delante de una de mis librerías favoritas. Una que estaba a 200 metros de mi antigua casa y que conocía desde que tengo uso de razón. Como es habitual en mi proceder siempre que pasaba ante su escaparate (por algo dicen que el hombre es un animal de costumbres) me detenía para echar un vistazo, aunque las luces estaban ya apagadas. Sin embargo, y a pesar de ello, la luz de las farolas solía ser suficiente para distinguir los títulos que se en él se exponían. Esa noche, empero, no fue así... No pude descubrir ninguna de las posibles lecturas que durante tantos años me han llamado desde allí y que casi siempre han hecho de mí víctima de sus cantos, como Ulises de los de las sirenas, cuyo ahogamiento tan sólo unas fuertes ligaduras amarradas al mástil de la nave pudieron evitar. En esta ocasión, sin embargo, no hubo melodioso gorgojeo que me canturreara... Por no haber, no había ni libros, de ahí que ni a la exigua luz de las farolas me fuera dable distinguirlos. Sólo un enorme cartel pegado sobre la luna del escaparate era absolutamente visible y..., hasta cierto punto, trágico: "último día de apertura de la librería", rezaba el cartelón.

Puede que el hecho de que una librería eche el cerrojo a su puerta no signifique nada para el lector de estas líneas, pero el que lo hiciese ésta, precisamente, sí lo significa para mí. Pasé allí muchas horas de mi vida a lo largo de los veintitantos años de existencia que ya llevo consumidos y ahora, según pude apreciar la noche de autos entre las sombras fabricadas por la escasa luz que con trabajoso esfuerzo se abría paso en la oscuridad de su cadáver, ya no queda nada de mi adorada librería, salvo unas estanterías tétricamente vacías.

Poco a poco, mi infancia y adolescencia van desapareciendo de las calles de esa ciudad. La lechería de Matías, la panadería de vuelta de casa, donde todos los días antes de irme al colegio, dejaba, al cuidado del panadero, la bolsa con las barras de pan que luego recogía a la hora de comer; el chamarilero al que le vendía los papeles usados que mi ingenio era capaz de recolectar aquí y allá, y con cuyas ganancias llegué a comprar, a lo largo de casi dos años, la colección de Tintín casi íntegra; Alejandra la pollera, mi guardería, de la que en este instante no recuerdo ni el nombre hoy convertida en un restaurante italiano, la tienda de ultramarinos de Marcial, el que fue nuestro suministrador de viandas casi media vida y de quien nos proveímos en casa día sí y día también. Recuerdo la historia que me contaban en casa de cómo recogieron numerosas latas de conserva, picos de leche y botellas de agua la tarde de un lejanísimo 23 de febrero de 1981 en el que todavía si quiera yo había nacido... Ya nada queda de todo aquello, ni siquiera la librería...

Claro que..., puestos a escarbar, como si de un Expediente X se tratara, en las desapariciones que han venido acaeciendo a lo largo de todos estos años, es imposible pasar por alto dos de ellas que parecían querer escaparse de la lista. Y es que, llegados a este punto, se plantea un interrogante de infeliz respuesta. Porque, estimado lector, a estas horas de la vida..., mi infancia y mi adolescencia... 
ubi sunt?

La llama que tantos establecimientos han encendido en los últimos años, se volvió a encender la semana pasada, el día 6 de enero, el día de reyes leía en el diario montañés una noticia que llevaba por título «El vendedor de felicidad» en ella, el periodista hablaba con pasión de una {pequeña librería santanderina, lugar de culto para escritores, lectores y amigos, caudal de recuerdos y cuna de vivencias reconfortantes} El dueño Rodolfo Plana cierra la librería San Quintín después de 24 años dedicado al libro antiguo, jamás estuve en tal establecimiento pero la noticia me destrozo por un momento, siento que cada vez que un sitio como este cierra perdemos un trozo de nuestra cultura y cierto es que en los días que corren es difícil, muy difícil encontrar personas tan apasionadas como Rodolfo.

Me acuerdo de otra, la librería Michelena. A principios de 1981 abrió en pleno centro de Pontevedra, cerca de la Iglesia de la Peregrina. Gracias a un amigo de mi padre en nuestras estanterías hay no pocos libros salidos de sus estantes: creo que lo último que salió de allí con destino a nuestra casa fue el primer volumen de -en pastas rojas- de los cuentos de Lovecraft. Recuerdo esa librería siempre repleta de libros por doquier; era la única de Pontevedra, de hecho, según supe esta tarde era la única de la ciudad que sólo vendía libros (otras combinaron antaño ese negocio con el de papelería). He escrito “era”, porque Michelena no resistió la fuerte caída de ventas a causa de la crisis. «El pasado 30 de junio de 2011, a las ocho y media, cerró sus puertas para no volver a abrirlas. » En un viaje de familia, de paso por Pontevedra, fuimos a visitar ese rincón donde la imaginación y la curiosidad se daban cita a diario, perdiéndose entre miles de páginas. Como un fantasma en medio de la noche, las estanterías de Michelena estaban iluminadas, pero vacías. O casi. En ellas, tras un letrero de despedida, descansa un último libro solitario, dirigido a niños de 0 a 3 años, es decir, a los que ya no conocerán las estanterías repletas de Michelena. El título de esa obra de la escritora belga Jeanne Ashbé es tan sencillo como “Adiós”. Los dueños de este tipo de establecimientos muestran un elegante sentido del humor ante la adversidad y dejar allí ese libro de despedida es todo un gesto y un claro ejemplo de ello.


Siempre he sido un fan incondicional de sitios especializados, perderte en sus pasillos y rincones, perderte entre sus estantes o salas de venta al público o de lectura me resulta algo fantástico que solo un lector que realmente aprecie el mundo de los libros puede sentir; y no, no me refiero a grandes almacenes con zonas de lectura que puedes entrar y encontrar en casi cualquier ciudad del mundo. Me refiero a establecimientos como 'Va de Cine' que abrió sus puertas para todos y cerrara pronto.

Cómo le decía a Jesús Robles de la librería 8 ½ de Madrid, (librería por cierto que recomiendo a los amantes del cine) los clientes más fieles debemos hacer un esfuerzo en esta época que nos ataña a todos, autores, distribuidores, establecimientos y clientes debemos de ser consecuentes y conscientes que de que los Ebooks o el formato digital tiene sus trabas para con la industria del libro.

Por mucho que disfrutes un libro en PDF en tu ipad, kindle o lector digital, la sensación de un buen libro entre tus manos nunca se asemejara a lo anterior, el Ipad no tiene olor, no tiene tacto, la magia de pasar las paginas se pierde en el minúsculo estado de tiempo que tardas en hacer un click.

En ese esfuerzo que comento comenzó el debate que hoy os traigo y es qué, creo que todo fiel seguidor de estas tiendas debería de ser consciente de que por mucho que le gusten estos establecimientos si no gasta unos euros, todas tarde o temprano dejaran de existir.

A veces nos ocurren cosas en esta vida que imperan por encima de otras y hacen que nos dediquemos a realizar un trabajo podríamos decir “por amor al Arte”, (como es el caso de escribir este blog) en ocasiones abrimos nuestro negocio de la forma más absurda, por el destino, por lo absurdo de una situación en medio de un declive de la vida y que de pronto esa profesión te llama tanto la atención que decides dedicarte a ello.

Disfrutamos durante mucho tiempo cada año en establecimientos que se convierten sin darnos casi cuenta en un espacio podríamos decir de reposo para nosotros, bares, cafés, librerías, hoteles, cines e incluso tiendas de aeropuertos... Pero de pronto, algo ocurre y esos establecimientos desaparecen y nosotros volvemos a intentar encontrar nuestro espacio, nuestro recoveco donde leer y escribir, donde comprar ese libro de poesía, esa novela de la que ya raro establecimiento se hace eco. Ese café que ya no tenias ni que explicar cómo te gusta porque el que regentaba el establecimiento lo sabía casi mejor que tu.

Algunos cierran por no poder mantenerse, otros porque no encuentran quien siga regentando el negocio tras su muerte, es el caso de uno de los coleccionistas más importantes del mundo, Peter B. Howard, de Berkeley, California. Uno de los grandes libreros del siglo XX y una de las mayores librerías del mundo que tras 47 años dedicados al libro y en especial al libro antiguo echó el cierre tras su muerte el pasado año, en ella me hubiera encantado perderme entre sus minúsculos pasillos que leyendo en el New York Times he podido observar.

Un coleccionista de libros de fama mundial que ha rescatado una serie de valiosos archivos desde el vertedero de la ciudad de Berkeley y conseguido que se conserven en las bibliotecas universitarias, Howard consideraba que era dueño de un millón de libros. La mitad hacinados en su tienda, donde los montones de libros hacían difícil el moverse, y la otra mitad en su bodega. El primer propósito cuando decidió abrir su librería fue que la mejor librería del mundo debía de poseer al menos un ejemplar de cada libro. El Sr. Howard fue diagnosticado a finales de 2010 de cáncer de páncreas y sabia que su tiempo y el de los libros Serendipity era corto. El intento vender su colección al completo junto con el negocio, pero sabía que no sería fácil. Él predijo que la tienda se cerraría probablemente después de su muerte. "No hay nada que decir", dijo Howard por teléfono a un periodista del New York Times "La gente se muere. Todos morimos. Las empresas también tienen un final." Howard siempre fue famoso por su discurso contundente. Eso, y la calidad de su colección, que contiene muchas primeras ediciones y libros raros.

Ian Jackson, un viejo amigo y compañero distribuidor de Libros Antiguos, ha servido como intérprete oficial de Howard en el mundo. Incluso llegó a escribir dos libros sobre la tienda y su propietario, un título, la clave para Serendipity: Cómo comprar libros en Pesar de Peter Howard .


En un epígrafe de este libro, Jackson repite una conversación que escuchó en Serendipity:

Cliente perplejo: "¿Hay alguna rima o razón para este lugar?"
Peter B. Howard: "¡Sí! ¡Mi rima! ¡Mi razón!"



La colección de Howard es enorme y abarca muchas áreas, incluyendo la historia de California y la costa oeste Americana. Era, es y será conocido por su colección de primeras ediciones de la literatura estadounidense y británica, poseía primeras ediciones de Ernest Hemingway, Henry James, Shakespeare, North Point Press, también de la ficción de países de todo el mundo.

El legado de Peter B. Howard tiene también grandes colecciones de manuscritos literarios, guiones y pequeñas revistas. Howard estimaba que su colección de libros tenía un valor de entre 2.5 y 3,5 millones de dólares americanos. Hasta el momento que se sepa no se ha encontrado a nadie dispuesto a comprar tal legado. "Yo he hecho que mi negocio sea tan grande y tan complejo que nadie en su sano juicio va a querer asumir la responsabilidad de ello", dijo Howard hace unos años en una entrevista a una radio local.

Según leo, imagino que caminar a través de la librería Serendipity sería como perderse en la mayor de las bibliotecas que puedas imaginar. Muchas primeras ediciones y libros raros que apenas se sentaban allí a la espera de ser leídos. Es el sueño de un bibliófilo.

Debra Williams, el editor ejecutivo de la editorial Pearson Education en Nueva York, hacía un punto de parada por Serendipity cada vez que se encontraba en el área de la bahía. "Es como ser testigo de la amplitud y profundidad de la literatura moderna durante los últimos 300 años", dijo Williams. "Es un lugar tan especial. Es un lugar único y encantado en el mundo del libro. Será triste ver qué pasa."

En la década de los sesenta, alguien encontró 946 cartas intercambiadas entre dos adolescentes estadounidenses de origen japonés que se conocieron en un campo de internamiento en Utah. Tamaki Tsubokura y David Hisato Yamate estaban separados por unos pocos años, mientras que él luchó en la guerra, se escribieron con frecuencia. Estas cartas fueron también objeto de dumping en el vertedero de Berkeley y rescatados más tarde. El Sr. Howard negoció su venta a la Universidad de Utah donde reposan y unas copias de los originales pueden ser leídos por los alumnos.

Con el amor de Howard y su comprensión por los documentos y libros antiguos, - también se desempeñó como presidente de la Asociación de la librería anticuaria de los Estados Unidos desde 1992 hasta 1994 - no es sorprendente encontrar el dato de que antes de su muerte no creyera que nadie iba a querer hacerse cargo de su negocio. Él pensaba que era mucho más probable que alguien comprara su inventario y la tienda cerrara. "El negocio de los libros raros es como un extinguido animal", dijo Howard. "Uno no compra la empresa de otras personas. Uno compra su inventario."

Pero Howard estaba claramente orgulloso de los libros y documentos históricos que él había descubierto y rescatado, así como después de su muerte sigue siendo pragmática la probabilidad de supervivencia de la librería Serendipity. Howard dijo que podría cerrar mañana, podría cerrar en dos años, u otro negocio de los libros pudiera hacerse cargo, pero él estaba muy orgulloso de la empresa que había construido a lo largo de 47 años. "Esta es la librería más grande de mierda en el mundo", dijo Howard. "Esto es lo mejor, abrir las puertas de la librería cada día"

Todo tiene su fin. A veces (afortunadamente, no siempre) es una lástima que las cosas de este mundo alcancen un punto que signifique su final. Y es que, a pesar de Ken Follet, éste es un mundo con fin. Y, precisamente, aunque con gran pesar de mi alma, contar uno de esos finales que producen lástima es lo que me trae hoy hasta aquí para cerrar este primer post del año.

Hoy voy a contar una historia de libros, de esas que “jamás se han escrito”, de las que se susurran en las trastiendas de las librerías después de cerrar. Esta la historia de Antonio Rubiños.

Don Antonio fue el último descendiente de una antigua familia de libreros, que se remontaba a 13 ó 14 generaciones. Eran dueños de una librería llamada «Rubiños-1860», ubicada en la calle Alcalá 98 de Madrid, cerca del que hoy en día es el Corte Inglés de Goya. Según él, la librería databa nada menos que de 1752, y discutía a la librería San Ginés el honor de ser la más antigua de Madrid (y da igual lo que digan los gremios de libreros, estas dos eran las más antiguas).

Además de librería, «Rubiños-1860», era también editorial. Durante los años del franquismo publicó una cantidad ingente de libros técnicos del MIR (muy buscados por los estudiantes de Escuelas técnicas) y bastante de literatura rusa. En la época se daba por supuesto ―y ya entramos en el movedizo ámbito de los rumores― que el dueño estaba vinculado al KGB, viajaba constantemente a la URSS, aunque por algún misterioso motivo aparentemente nunca tuvo problemas con el régimen franquista, ni con los comunistas tampoco.

Yo llegué a conocer la librería en un viaje a Madrid con mi padre. Pero casi todo lo que recuerdo es por historias de él, que sería de mi época y recuerdos de cuando era niño sin él. Un gran escaparate a la calle y un sótano con literatura menor, hasta ahí todo normal. Pero si tenías los contactos adecuados, podías llegar a subir al primer piso, a través del portal adyacente. Te abría la puerta una mujer de mediana edad, que parecía malhumorada, y ¡bienvenido al paraíso! salas y salas repletas de libros, en ruso, español y bilingüe, autores y títulos que no eran en aquella época posible encontrar en ningún otro lugar.

La historia tiene un final triste. Tras una terrible desgracia familiar, de la que nunca se recuperó, Don Antonio vendió la librería a El Corte Inglés poco antes de fallecer, en el año 2003, con la única condición de mantener sus preciosas estanterías de roble. Por supuesto los grandes almacenes las desmantelaron inmediatamente, y pusieron en el local su agencia de viajes. A día de hoy, lo único que queda de la familia Rubiños es una pequeña vitrina dedicada al fondo de la sección de libros de El Corte Inglés de Goya, en la primera planta del antiguo Galerías Preciados.


Más información: 
Conversación con Antonio Rubiños, librero y editor (estacionmir.com)
El librero que llegó hasta Moscú (
El País, 08/06/1998)
«Rubiños-1860» deja la calle Alcalá (
ABC, 29/01/2004)
Da qué pensar, por Don Clorato (proscritos.com) 

¿Quién no ama la compra en línea por internet? Se ofrece una gran selección por menos dinero, que además solicitas a la intimidad de tu hogar y te es entregado allí. Pero si el comercio electrónico es para los consumidores, es más problemático para los ciudadanos. El impuesto sobre las ventas que se pagan en las tiendas físicas ayuda a pagar el mantenimiento de sus comunidades. Las tiendas físicas también proporcionan empleo, estos trabajadores pueden pagar a su vez para comprar las cosas y así mantener a flote la economía. El flujo de unos pocos tipos o multinacionales que se llevan el beneficio del comercio electrónico hacen que el flujo de todos los ciudadanos corra un perverso peligro…

Nos encontramos en un momento en el que los sectores especializados son más demandamos que nunca por las empresas y particulares pero, ¿por qué no pasa esto mismo con los establecimientos de toda la vida?, ¿por qué no pasa lo mismo con las tiendas especializadas? Más allá de que estén o no de moda creo que la atención, el servicio que te dan o el riguroso trato que le dan a los productos son maneras y estilos que una gran superficie jamás nos dará.

Cuando paseo por la calle, añoro algunos lugares que ya fueron, y ya no serán más que en nuestro recuerdo. La desaparición de una librería, tiene un mayor valor de pérdida para la gente que como yo le apasiona este mundo, quienes adquirimos libros con una intención y finalidad que va mucho más allá que la mera compra de un objeto.

En cuanto a El Corte Inglés y las grandes superficies, yo no me adapto a comprar la lechuga, la mozzarella o el Rioja (u otros...) junto con la biografía de Erik Jan Hanussen o una novela erótica de mi estimado Dante Bertini...
El azar no existe, dios no juega a los dados y los humanos rara vez sabemos apostar.

¡Saludos!
P.D. Si eres de Bilbao y apoyas el cine, deberías gastar aunque sea unos euros en esa tienda. Ya sabes, 'Va de Cine' ... :-) The Joy of Books

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